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04 de marzo de 2010
Desde Ruta Quetzal BBVA queremos enviar nuestro más sentido pésame a sus familiares a quienes conocimos y queremos. Por ello, en recuerdo y homenaje a quien siempre con una sonrisa, nos recibió y acompañó durante nuestra estancia en la isla, el pasado mes de diciembre, reproducimos aquí el artículo escrito hoy por Víctor Amela, periodista de La Vanguardia y amigo de la Ruta, que acompañó a la expedición en la isla de Robinson Crusoe.
MI "SOBRINO" DE ROBINSON CRUSOE
por Víctor M. Amela
Joaquín, el niño Joaquín de la isla Robinson
Crusoe, el niño isleño de 8 años, el niño
conocido por los 600 habitantes de la isla como
Puntito, ha muerto. La madrugada del
sábado al domingo pasado, la ola gigante que
entró en su pueblo -el único pueblo de la isla y
del archipiélago Juan Fernández, a 700 kilómetros
del Chile continental- devastó todas las casas de
madera y barrió la vida del pequeño Joaquín,
entre otras vidas.
Joaquín fue la primera persona que conocí al
desembarcar en la isla Robinson Crusoe con la
expedición de la Ruta Quetzal, a mediados del
pasado diciembre. Simpatiquísimo y espabilado, se
ofreció a mostrarme su pueblo, pequeño como él,
hecho a su medida de niño despierto y feliz. Nos
hicimos amigos, jugamos a darle puntapiés a una
pelota –empatamos- y decidió llamarme
“tío”.
Estuve hospedado en casa de sus abuelos, la
entusiasta isleña Jimena Green y el esforzado
pescador de langosta Willy Martínez Recabarren,
que adoraban a Joaquín, su inteligente nieto. Mi
nuevo sobrino señaló con un palo la ladera por la
que ascendía el sendero que al día siguiente nos
llevaría a las cumbres de la isla, resuelto a
acompañarnos. Pedí permiso a Jimena y Willy,
prometiéndoles cuidar del chaval, y rieron:
entendí que sería Joaquín quién cuidaría de
nosotros…
No le importó a Joaquín que el día amaneciese
lluvioso: empuñó su palo y, empapados, subimos
hasta el mirador Selkirk. Desde esa altura de
casi 900 metros, el escocés Alexander Selkirk
–el famoso náufrago solitario del siglo
XVIII que inspiró a Defoe su “Robinson
Crusoe”- divisaba casi toda la isla y una
enorme extensión del océano Pacífico, oteando el
eventual paso de navíos. ¡Ojalá Joaquín hubiese
estado subido ahí cuando el océano cayó sobre su
pueblo!
Me contó que sus padres trabajaban en el
continente y que él vivía en la isla con sus
abuelos. Quedamos en que un día, cuando fuese
mayor, vendría a Barcelona… Los
adolescentes de Robinson Crusoe suelen emigrar al
continente siguiendo el dinero. Pero Willy, el
orgulloso abuelo, me decía en “la
contra” del pasado 30 de diciembre:
“el tesoro es esta vida tranquila. Me hace
feliz ver a mi nieto Joaquín, de ocho años,
crecer en esta isla, libre y seguro, con toda la
naturaleza para él… De mayor le imagino
viviendo como yo: pescando langostas y
colaborando con la gente del pueblo. Sé que este
niño no olvidará lo que le
enseño…”
Willy admiraba y amaba a su nietecito, era su
ilusión. ¿Qué será de Willy y Jimena? Sé por
fotos en internet que aquella preciosa casa de
madera ha desaparecido, como todas… El
gobierno chileno no alertó a los isleños de que
se les venía encima un maremoto, y fue una niña
algo mayor que Joaquín -Martina Maturana- la que
avisó con el “gong” de la placeta de
que el mar se salía…
La última vez que vi a mi sobrino Joaquín fue en
la fiesta de despedida, sobre la hierba del campo
de fútbol, junto al mar, bailando las cálidas
tonadas isleñas de los hermanos Balbontín, que
cantan a los pescadores de langosta y a la
belleza de la isla. Joaquín reía sobre los
hombros de un chico de la Ruta Quetzal, y yo le
coloqué mi pañuelo “rutero” en la
frente, mi regalo para que recordase que tenía un
tío en Barcelona. Le hice una foto. Éramos
felices. Seguirá siendo mi sobrino para siempre.